Razones para una urgencia

Mayo 8, 2008

Publicado en el Viejo Topo en noviembre de 1999

Escrito desde la perspectiva de Izquierda Unida, en este artículo Chaves y Monedero reclaman de la izquierda transformadora un cambia de actitud que difícilmente puede producirse si no se acomete una deseable, y por otra parte inevitable, renovación generacional

Pedro Chaves Giraldo/Juan Carlos Monedero

“Restituid un poco de dignidad -acompasad el tiempo, desplazad los centros habituales-y las malas noticias dejarán de ser sólo una inte­rrupción para convertirse en la verdad. Frente a numerosas verdades no existe ninguna solución inmediata. El mismo término, solución, no puede alcanzar lo trágico. Nos corresponde a nosotros tocarlo y dejar que lo trágico nos toque. Nombrarlo podría convertirnos en hombres diferentes. Nombrado, lo trágico seguirá siendo trágico: pe-ro ya no tendrá el efecto de simples malas noticias. Sólo entonces po­drá concebirse una política realista”

John Berger

“Nunca me cansaré de repetírtelo: yo, al hablar contigo, acaso tenga la energía necesaria para olvidar, o pretender olvidar, Lo que me ha sido enseñado con palabras.. Pero jamás podré olvidar lo que me han enseñado las cosas. Por consiguiente, en el ámbito del lenguaje de las cosas, lo que nos separa es un auténtico abismo: esto es, uno de los saltos generacionales más profundos que recuerda la historia. Lo que me han enseñado las cosas a mí, con su lenguaje, es completa­mente distinto de lo que las cosas, con su lenguaje, te han enseñado a tí. No obstante, lo que ha cambiado, querido Gennariello, no es el lenguaje de las cosas: lo que ha cambiado son las cosas mismas. Y han cambiado de un modo radical”

Pier Paolo Pasolini

Introducción: o de cómo cualquiera tiempo pasado no fue mejor

Nombrar lo trágico no cambiará nuestra situación pero nos servirá para reconocernos en su drama. Nombrar las co­sas es hacer que existan. No es poco. Quizá convenga, ade­más, hacerlo con una cierta crudeza. No nos sobra la ternu­ra, desde luego, pero para avanzar es mejor expresar con claridad nuestras incertidumbres. La pregunta no es retóri­ca: ¿sobrevivirá la izquierda transformadora en Europa?

Que nadie piense que la respuesta es obvia. En modo al­guno. Bueno será comenzar por precisar un poco los térmi­nos de la pregunta. Cuando hablamos de sobrevivir quere­mos señalar la pervivencia en términos sociales y políticos significativos. Parece difícil -aunque no necesariamente im­posible- imaginar la extenuación física o intelectual de las diferentes formas de resistencia a los poderosos. Lo más pro­bable es que los que manden tengan que encarar siempre la contestación de los de abajo a su insaciable deseo de domi­narlo y conquistarlo todo: los cuerpos, las palabras, los sím­bolos, los anhelos, las cosas. De poseer el presente, el pasado y el futuro

Pero sobrevivir como fuerza de izquierdas transformado­ra es otra cosa. Quiere decir mantener una identidad alrede­dor de un proyecto de cambio social. Y quiere decir también hacerlo de manera que su existencia sea social y políticamente significativa. Es decir, con capacidad para incluir aspectos sustanciales de su programa en la agenda política; quiere decir también capacidad para ofre­cer un ideario que produzca identidades culturales nucleadas en torno a valores tales como la solidaridad, la caridad, la comunidad y tantas otras de la co-tidianeidad popular y que no están articuladas polí­ticamente. Y quiere decir también, compartir un proyecto plural cuya fortaleza se trenzaría con un movimiento social amplio y trabado, quizá no nece­sariamente masivo, pero sí que apareciera como ine­vitable para producir la necesaria proporción de le­gitimidad social.

Nada de esto está asegurado. Y no sabemos qué ocurrirá en el futuro. Por eso, las afirmaciones y de­claraciones de quienes aparentan una inconmovible seguridad y se afirman en identidades políticas cuya fuerza se correspondía con un pasado que ya no existe quitan el resuello. Nada desaparece nunca del todo, y a ese tibio clavo se intentan aferrar algunos para encontrar amparo en los rescoldos de los viejos tiempos, en las viejas resistencias, en el coraje moral que ha­ce falta para contestar a los poderosos. ¡Cómo dudar de ese coraje que tanto ha ennoblecido nuestra historia! Pero se trata de entender que son otros los tiempos.

Y si la realidad no se parece a la teoría, pese a lo que ha­yan dicho todos los Platón del mundo, siempre es peor para la teoría. Es momento de dar una vuelta más de tuerca en el mecanismo del coraje. Las viejas identidades seguirán sien­do imprescindibles durante algún tiempo, siquiera fuera porque las mujeres y hombres que las protagonizan las con­sideran parte sustancial de su vida, y esto es un motivo más que suficiente. No hay experiencia transformadora que no entienda que su aprendizaje es una discusión con las expe­riencias emancipadoras anteriores. Un hilo rojo atraviesa el tiempo zurciendo un mismo vestido de libertad y justicia con diferentes ropajes. Pero hay que estar atentos para reco­nocer los diferentes retales y saber dar las puntadas certeras. Lo preocupante es creer que un retorno a las viejas identi­dades nos salvará del naufragio y de la incertidumbre. Y a es­perar en el castillo de nuestras pequeñas certezas mejores tiempos. Una fortaleza con sólidos muros a la que nadie tie­ne interés en asaltar. Una ciudadela cuyos tapias y torreones sólo sirven para que no tengan tentación de salir los que mo­ran dentro. Son tiempos difíciles y nadie tiene derecho a anegar los escasos senderos que quedan abiertos.

No habrá mejores tiempos. Si acaso peores si no asumimos la gravedad de la situación y to­mamos medidas radicales. Sostenella y no enmendalla es un viejo pecado nacional. Y no hay ningu­na razón para suponer que si, llegado el caso, todas nuestras sociedades estallan por sus muchas contradicciones, lo ha­rán de tal modo que nos permitirá a nosotros ser los alqui­mistas de la recomposición. ¿La última crisis del capitalismo? Como en 1917, en 1929, en 1939, en 1968, en 1973, los ago­reros del derrumbe perecen sistemáticamente enterrados físi­ca o intelectualmente por este capitalismo tan pertinaz en su estabilidad y en su capacidad para generar legitimación social. De manera que parece momento de mirar las cosas de frente y entenderlas. También de seguir defendiendo todo aquello del pasado que sea menester, pero, sobre todo, esfor­zarnos en inventar. Defender lo ya construido que merezca ser conservado, pero por encima de nostalgias y tradiciones, inventar, construir, proponer. Y para hacer productivas esas energías orientadas a discurrir acerca de nuestra era debe­mos, necesariamente, escapar de algunas de las paradojas que el colapso de nuestros viejos tiempos pone sobre el tape­te de nuestro hacer político diario.

Primera paradoja: todo ha cambiado, pero quienes lo dicen son los mismos

Nadie puede desconocer que los cambios en nuestras so­ciedades han debilitado a los sujetos políticos que, en lo sus­tancial, no sólo protagonizaron la resistencia contra el capitalismo, sino que fueron los porteadores de las alternativas al sistema. Son cosas sabidas. Los partidos políticos y los sindi­catos de masas no se parecen ya en nada a las definiciones que de ellos daban los manuales, y sufren -quizá más que otros- de la desafección popular. Son percibidos como parte de un sistema extraño a la ciudadanía. Y la crisis de la sociedad del trabajo ha quebrado las identidades de clase, complejizándolas, atomizando, individualizando. Aunque per­manezca la explotación, los trabajadores tienen una experiencia de su biografía estrictamente diferente de las que eran co­munes en el último medio siglo.

La ética del trabajo ya no es la referencia central para unos jóvenes -y no tan jóvenes- que han sufrido, desde que tienen memoria, la precariedad, la exclusión, la flexibilidad, la movilidad, y que se sienten, bombardeados por un discurso omnipresente, más consumidores que productores. Al ca­bo, que se identifican más con otras realidades de su vida que con aquellas propias del mundo tradicional de los asala­riados. Por otra parte, las dos décadas ominosas de neoliberalismo han dejado nuestro territorio devastado y nuestras resistencias rotas. Este fue uno de los objetivos de la ofensiva neoconservadora y ha sido cumplido con éxito. Los puentes que transmitían la experiencia de la emancipación han sido desmontados. Y no podemos permitirnos el lujo de volver­nos a inventar todo por la simple razón de que no hay vo­luntad de diálogo entre las generaciones. El autodidactismo, el aprendizaje a través del ensayo y error, es otro de los gran­des pecados nacionales. Es tiempo de mucha astucia, pues mucho también es el peligro.

El escenario en el que tropezamos, como hemos señalado, no permite en modo alguno optimismos que ignoren el oscuro panorama que dibuja la inteligencia. En primer lu­gar, la capacidad del neoliberalismo para renombrar signifi­cados tradicionales y conceptos en clave conservadora ha si­do de una fuerza inusitada. No en vano, en ese viaje tuvieron la ayuda de todos aquellos que se alinearon en el bloque occidental durante la guerra fría. Causa y, a la vez, consecuencia de ese proceso ha sido la privatización del es­pacio público tanto en términos políticos como econó­micos. No hay ámbito de la vida social y económica que no haya sido sometido a la presión del mercado, incluso en aquellos sectores donde las evidencias dicen de la incapaci­dad de éste para producir mínimos aceptables de justicia y equidad. En segundo lugar, un nuevo papel del Estado, co­lonizado por los intereses privados y mermado voluntaria e involuntariamente en su capacidad de autonomía decisoria. Un Estado dispuesto a impulsar la globalización y que, des pues, ha justificado los ajustes en nombre de un proceso que él mismo ha ayudado a alumbrar. En tercer lugar, una frag­mentación social desconocida, a la que se une una incerti-dumbre estructural propia de una sociedad en cambio que está dejando atrás elementos que pertenecían a la tradición. Sin entrar a discutir si éste es un rasgo ineludible de los pro­cesos modernizadores o un elemento dentro de una estrate­gia político-económica, no podemos dejar de evaluar su incidencia bajo el precio de errar en nuestros análisis.

El resultado ha sido la creación de un nuevo “sentido co­mún”. La agenda cultural y política neoliberal, en discusión con la ciudadanía, ha colonizado y construido este nuevo sentido común en el cual no caben sin cambios los elemen­tos con los que la izquierda construyó su razón de ser pro­gresista. Enfrentados con las nuevas realidades, los sujetos han dado nuevas respuestas a nuevos problemas, toda vez que las viejas recetas y los viejos discursos no eran instru­mentos adecuados para salir a flote en el mundo posterior a 1989. Ese sentido común se ha estructurado a partir de una nueva organización social, se ha dotado de nuevos símbolos, de códigos semánticos, de conceptos propios y sujetos dife­rentes. Tan ajeno al compromiso transformador es aceptar acríticamente estas nuevas realidades como plegarnos a ellas en aras de alcanzar mayor relevancia social o electoral.

Pero este período es también un tiempo en el que las lla­madas contradicciones universales se han hecho más agudas y sangrantes. El catálogo de problemas y su magnitud en todo el planeta permiten afirmar que vivimos un. cambio de desen­laces inciertos, una mutación telúrica en todos los órdenes, una crisis de civilización al decir de muchos autores. Es im­prescindible buscar los medios -nuevos- y las formas -nue­vas- que permitan enfrentarse a este novedoso enemigo. Hay que construir una nueva identidad emancipadora. Para mu­chos tendrá el aspecto de un cyborg, porque será una identi­dad construida en la edad de la cibernética, que ejemplifique las mutaciones sociales y las nuevas y viejas subjetividades. Pe­ro para otros tendrá la belleza de un archipiélago, de irregular forma pero con la razón de ser última de que las islas han lo­grado estar unidas y comunicadas entre sí. Una identidad re­novada construida en y para la edad de la informática, plural pero con sentido crítico, que ejemplifique las mutaciones so­ciales y las viejas y nuevas subjetividades.

Las viejas identidades, las viejas tradiciones vinculadas a la emancipación en su sentido más amplio deben ser el puente hacia nuevas fórmulas, alternativas y resistentes, de organización. Entre otras cosas, aportarán la identificación de la opresión y explotación tradicionales, la determinación para abordar el conflicto, la decisión para organizar una cul­tura de la resistencia indispensable para dotar de un alma al­ternativa a nuestro archipiélago de justicia y libertad. Pero no han de perder de vista su tarea como puentes, no como plazas inamovibles. De lo contrario, el aislamiento de las fuerzas transformadoras será total y, más allá de que se impi­da así cualquier posibilidad electoral de construir una fuerza crítica, se estará imposibilitando la labor tejedora de ese hilo rojo con el que coser los esfuerzos emancipadores que exis­ten en la sociedad.

Segunda paradoja: dale duro, es un amigo.

Debería formar parte de las conclusiones de cualquier análisis político que en este nuevo escenario nadie puede arrogarse papeles exclusivos de liderazgo. Ni por historia ni por presen­te. La magnitud de las contradiccio­nes hace que diferentes sujetos sean protagonistas estructurales del cam­bio. El sujeto revolucionario -por utilizar una terminología tradicional- es hoy un sujeto di­verso, complejo y atravesado por identidades y experiencias distintas. La centralidad se ha vuelto contingente, ya no es un supuesto de partida. La fragmentación y la multiplica­ción de identidades sociales y culturales, como efecto de la modernización tiene éstas y otras servidumbres.

Las contradicciones de clase, de género, ecológicas, geo­gráficas o de otro tipo dibujan un mapa de resistencias atra­vesado por la diversidad. Esto implica diferentes experien­cias, diferentes socializaciones, diferentes apreciaciones. Las biografías ya no están hoy atravesadas por una única e in­cuestionable centralidad. Y como consecuencia, son tam­bién diferentes las culturas de la alternativa, de la resistencia y de la convivencia. Sin embargo, siguen alzando su voz los que se empeñan en exigir credenciales revolucionarias al res­to de opciones: ¿desde qué legitimidad? ¿cuáles son esas cer­tezas que hacen a los unos revolucionarios y a los otros quintacolumnistas del capitalismo en nuestras propias filas? ¿qué verdad ontológica poseen quienes se creen sacerdotes guardianes de las tablas de la ley? El pasado nos lleva de la mano hacia ningún sitio.

Claro que hay “ecologismos” y “feminismos”, o insonda­bles diferencias entre los diversos grupos de solidarios. Pero no menos cierto es que también hay socialismos y comunis­mos. Y ninguna de las familias grandes o pequeñas puede arrogarse otra cosa que no sea su honestidad en la resistencia y en la construcción de una alternativa. Si es que ese empeño resulta consciente. Una nueva identidad emancipatoria tie­ne que considerar como un dato ineludible su pluralidad y su diversidad. Y comprender esto en sentido complejo. Es decir, no sólo diversidad y pluralidad ideológica o progra­mática, sino también simbólica, de lenguaje y actitudes. Etica y estética. Y la resultante de esa convivencia imprescindi­ble para pensar el futuro con esperanza no será una nueva y única ideología, un nuevo y único programa y un único nuevo lenguaje. No creemos tan solo que tal escenario no sea muy deseable vistas las experiencias; lo que afirmamos es que no es posible. Y que por tanto tendremos que acostum­brarnos a tratar a los amigos como tales. No nos irá mejor convirtiendo a los amigos en enemigos y ajustándoles las cuentas. Tiempo es de cambiar esa tradicional costumbre de la izquierda que le lleva a expedir marchamos de ortodoxia y certificados de traición. Tiempo es de mandar a Caín, de una vez por todas, a arreglar cuentas con su padre.

Y sólo desde una sospecha anidada en el más completo aislamiento puede pensarse que la nueva identidad emancipatoria se construirá de espaldas a las viejas tradiciones. Las condiciones económicas y sociales aseguran su importancia por largo tiempo y en su hoy figuran un notable patrimonio moral atesorado en la lucha contra los múltiples males de es­te sistema. El hilo rojo sigue siendo el mismo: el que une to­dos y cada uno de los intentos de acabar con las desigualda­des sociales y sus causas, el que busca el constante cambio social impulsado por un motor utópico recientemente re­nombrado: para todas y todos, todo. Y en esa línea sabe avanzar.

Tercera paradoja: no cuestionar nuestra verdad, aunque nos quedemos solos

Uno de los efectos más devastadores de nuestro progresi­vo alejamiento de los sectores sociales a los que decimos re­presentar ha sido la reducción de la política a una ética abs­tracta. Aunque ni siquiera es seguro que esto sea justo para con la ética.

Un notable y lúcido cronista de la realidad brasileña ex­plicaba las diferentes limitaciones que daban cuenta del te­cho electoral del Partido de los Trabajadores de Brasil, lide-rado por Lula. Entre otras razones no menos agudas, señalaba una que nos ayuda a reflexionar: “mucha gente -ra­zonaba el cronista- piensa que si Lula tiene razón en lo que dice, entonces es que estamos más jodidos de lo que parece. Y no puede ser”. Mucha gente se resiste a ver las malas noti­cias, se resiste a creer que las cosas son como cuenta el análisis social que se hace desde la izquierda ¿Significa esto que la gente ya no siente el dolor de su existencia? ¿Significa que los observadores tienen una mejor comprensión de la reali­dad popular que la propia ciudadanía? ¿Significa que, al igual que los individuos han perdido la comprensión de los problemas sociales globales han perdido de vista la comprensión de sus propias vidas y las de sus familias? La centralidad de los medios de comunicación en la formación de la opinión pública condiciona, sin ningún género de dudas, la percepción que las poblaciones tienen de sus realidades. Son, sin duda alguna, sujetos activos en la creación y conso­lidación de ese nuevo sentido común al que antes hemos he­cho mención.

Pero los receptores, es decir, nosotros, no somos sólo muñecos de conciencia hinchable. Si así fuera, si no queda­sen vías por donde entender la posibilidad del cambio, si el Gran Hermano no fuera una metáfora sino una estricta rea­lidad, momento sería de tirar la toalla. Por eso el pensamien­to que se queda en el pesimismo estricto deriva inevitable­mente en el conservadurismo o en la melancolía. Las poblaciones viven y conviven con las contradicciones, evalú­an lo que se dice y lo que ocurre, discriminan y seleccionan. La vida transcurre en muchos lugares, en discusión con otros muchos actores, enfrentando múltiples situaciones que no se solventan con fáciles explicaciones. Los conserva­dores norteamericanos, alarmados por la disolución social que experimentan, buscan fáciles enemigos: los medios de comunicación han de cargar con el grueso de la responsabi­lidad (no el capitalismo, no el neoliberalismo, no la desi­gualdad, no el imperialismo). Las audiencias son más activas de lo que ese análisis justificador pretende.

Hoy, la formación de nuestra conciencia opera de una manera mucho más fragmentaria. Los partidos y sindicatos de masas, con su programa e ideología ofrecían un “campo de interpretación”. Un modo de reducción de la compleji­dad que permitía aprehender la realidad, hacerla inteligible. Dibujaban un escenario en el que las cosas cobraban senti­do. Esto era posible no sólo porque la realidad ofrecía un menor grado de complejidad, sino también por el papel central de las organizaciones de masas en la estructuración de la vida política y social. Era un mundo donde la sociedad del trabajo era el núcleo organizador. Esto ya no es ni será así. A mayor complejidad no se puede dar respuesta inten­tando reducirla. Aparte de inútil, es un empeño de las fuer­zas conservadoras (reducir derechos, controlar y vigilar a la ciudadanía, imponer censuras, obligar a comportamientos uniformes, regresar a las mujeres a su papel tradicional, homogeneizar culturas, imponer patrones de conducta, etc.)

Pero la conclusión no puede ser que debemos convertir­nos únicamente en la voz de la conciencia crítica de este sis­tema. Podría ser una opción aceptable para una orden reli­giosa. ¿O es que queremos convertirnos en una organización monástica con el fin de gozar de la certeza reducida y reductora del claustro? No puede ser el empeño de una fuerza po­lítica en el umbral del siglo XXI. Por el contrario, debemos, como propone John Berger, acompasar el tiempo, despla­zar los centros habituales para conseguir que las malas noti­cias pasen a ser la verdad.

Acompasar el tiempo es permitir que los procesos madu­ren. Es concebir la toma de conciencia como un proceso que debe considerar lo elemental: qué es hoy la realidad y cuál es la percepción que de ella se tiene. No iremos más deprisa por el camino de la declamación, de la huera retó­rica. Acompasar el tiempo es permitir que la ar­ticulación de la sociedad civil obre sus frutos en términos culturales y políticos. Que haga más factible, simplemente, que un mensaje alternativo y transformador pueda ser percibido como un elemento de la realidad deseable y alcanzable.

Desplazar los centros habituales es aprender a mirar de otra manera. Es ofrecernos y ofrecer otro enfoque de los problemas habituales y otros problemas y soluciones. Estos aspectos han sido la enseñanza más notable del feminismo y del ecologismo. Nos han enseñado a mirar las mismas cosas de otra manera y nos han enseñado, también, a encontrar lo que permanecía oculto. Mientras los centros habituales sean los que determina el pensamiento unificador estaremos en una desventaja estructural. En este proceso de­bemos ganar la credibilidad suficiente para convencer a la so­ciedad de que junto a nuestra capacidad para ver la verdad, proponemos alternativas y soluciones aceptables y realizables para la vida común y cotidiana de las gentes.

La vida ha dado sobradas muestras de que a las gentes no les inquieta tanto la radicalidad de las medidas que se pro­ponen como la falta de credibilidad del que las transmite. En términos electorales, el problema no está en el voto útil, sino en que se perciba el voto como inútil. La inutilidad no puede entenderse como un subproducto del régimen electo­ral ni como la conspiración para crear un sistema político bi­partidista. Aún siendo cierta la influencia de esos elementos, el vigor del argumento, la explicación central, reside en la propia capacidad para presentarse ante los ciudadanos como una fuerza con capacidad de conducir el curso político real. Sin ese dato, sin hacernos creíbles, ni siquiera servirá vestir trajes más moderados, usar de gestos más amables o despojar el lenguaje de la saludable ira. Será un vano empeño y complicará más el futuro, pues la población pensará que somos man­sos corderos vestidos de corderos.

Estar solos no es un buen dato polí­tico. Es una señal ineludible de que estamos lejos del “sentido común” y lejos igualmente de una capaci­dad de diálogo que vaya ope­rando cambios en las cosmovisiones de la ciudadanía. No podemos haber re­trocedido tanto que estemos en la refle­xión de aquellos utopistas ilustra­dos que considera­ban que el contacto con la Verdad -con su verdad- bastaba para liberar a los espíritus y las mentes. Nuestro papel como fuerza política es organizar un poderoso movimiento social nucleado en torno a valores alternativos y a propuestas de transformación. Y para esto hay que contar con la gente y sus realidades. Si no nos confrontamos per­manentemente con el sentido común desde la cercanía y la credibilidad estaremos siempre en un lugar inaccesible para los comunes. Seremos como esas naves espaciales que más lejos marchan cuanta menos tripulación portan. Ese proce­der tiene consecuencias morales obvias. Nuestro nivel de exigencia es tan alto que no requerimos ciudadanos, lo que no es poco, sino héroes anónimos dispuestos a quemarse en la pira de una pretensión mal explicada y poco explicable. Fatuo y elitista empeño. El objetivo en política no es decir la verdad sino hacer de la verdad un instrumento para la gene­ración de conciencia organizada y movilizada. Convertir las malas noticias en la verdad: eso es lo que diferencia la ética de la política.

¿Y qué hacer con los medios de comunicación? Es obvio que no lo sabemos, o lo que pretendemos saber se aleja de lo que realmente es. Si nuestros análisis sobre el papel de los medios en nuestras sociedades es correcto, resulta evidente que hay límites institucionales a nuestra posibilidad de tener una relación simplemente neutral con los medios de comu­nicación (dicho de otra manera, con las empresas de medios de comunicación o con los medios de comunicación dirigi­dos férreamente por el partido político en el poder). Es de­cir, salvo que hagamos algo que coyunturalmente complazca algún interés específico de algún medio, deberíamos consi­derar que en el mejor de los casos nos tratarán mal. En el ha­bitual muy mal. Y en el peor de los casos, fatal.

Sin embargo, no debe concluirse que no podamos hacer nada. Esto no es verdad. Podemos, cuando menos, dificultar algo esa mala predisposición a un discurso transformador. Y en ningún caso podemos, como hasta ahora, facilitar su in­terés en ridiculizar nuestro mensaje. Pero esto requiere una estrategia coordinada en diferentes planos.

En primer lugar, la relación con los medios debe estar caracterizada por la máxima profesionalidad. Y esto sólo se soluciona poniendo a la cabeza a profesionales con un cono­cimiento suficiente de lo que se trata. Conocer los códigos es la condición para hacer un uso provechoso de los mismos.

En segundo lugar, orientar nuestro trabajo de una mane­ra decidida a la diversificación y articulación de redes comunicacionales alternativas. Esto se hace de muchas maneras: invirtiendo y colaborando con lo que ya existe y ayudando a lo ya existente a madurar y crecer. Esta es una estrategia que puede servir, además, a abrir grietas que más tarde puedan articularse políticamente. No hay que olvidar que era el libe­ralismo el que no confiaba en la población. Y poco a poco construir otro sentido común. Todo esto hay que hacerlo desde la generosidad, la confianza y el riesgo. Si estos tres as­pectos se pretenden sustituir por el más tradicional de con­trol, no sólo será señal de que no se ha entendido nada sino que, como hemos apuntado, se estará trabajando para romper los últimos puentes que quedan levantados para cons­truir una propuesta de cambio.

Y por último, tener en perspectiva la construcción social de medios que compartan simplemente el presupuesto de la verdad (pues, ya sabemos, la verdad es revolucionaria). ¿Có­mo? Un equipo de profesionales -los hay- trabajando para levantar un proyecto de comunicación independiente de in­tereses económicos o de poder. Sólo es imprescindible una clara orientación hacia esos objetivos.

Y por estas y otras razones es imprescindible una profunda y urgente renovación generacional

¿Hay algo que la izquierda transformadora aún no haya puesto en marcha? Quizá la más obvia ausencia sea la del cambio generacional. Es más que probable que quienes hoy dirigen los proyectos de izquierda transformadora no serán protagonistas de estos cambios. Sin embargo, su concurso es fundamental para producir una transición que no malogre la maduración de los cambios y que éstos tengan lugar sobre la base de la experiencia acumulada. No hay tiempo para equi­vocaciones. Su generosidad y audacia serán claves en este pe­ríodo. Hace poco se iba camino del asalto a los cielos una de esas personas que, por haber luchado toda la vida, merecían en palabras de Brecht ser consideradas imprescindibles. Dis­cretamente, corrió había vivido, le bastó como despedida el que un grupo pequeño de personas que tanto le respetaran le entonaran una canción que no envejece y que habla de que no hay esperanza ni en dioses ni en tribunos. Su adiós mere­ció en los diarios menos tinta que la torcedura de tobillo del amante del hijo de una tonadillera. A ella no le hubiera im­portado. ¡Qué generosa ha sido siempre la izquierda! La ge­nerosidad que hoy reclamamos no es menor, pues nadie puede garantizar ninguna recompensa. Ni la derrota ni el triunfo están escritos. Hay que plantearlo en otros términos: no es seguro que el recambio funcione, pero debemos inten­tarlo pues los viejos caminos, como tales, están agotados.

Hay razones para ser escépticos respecto a la bondad de la renovación generacional: el regusto elitista, los antece­dentes históricos, la socialización en un bajo perfil de con­flicto social, etc. Pero no hay otras opciones que estén libres de las paradojas que hemos señalado. Si somos honestos en las conclusiones de lo expuesto, la renovación generacional de la izquierda transformadora aparece como una propuesta de opción con visos de necesidad y de credibilidad. Las ac­tuales generaciones han ofrecido en términos generales todo lo que han podido, que no ha sido poco. Han permitido, por de pronto, que las ideas de transformación y emancipación lleguen vivas hasta noso­tros.

Ahora que tantas cosas han cambiado, cuando las transforma­ciones telúricas se han producido, es bueno que se enfrenten a ellas los que se han socializado en la incertidumbre, en la indeterminación, en la precariedad. Aquellos que puedan aportar, por que lo tienen inscrito en quienes son, una cultura de la integración de la diversidad y la pluralidad sin des­confianzas.

Hasta las miradas están hoy cargadas de sentido. Y cuando esto ocurre es porque la desconfianza supera ampliamente la posibilidad de generar franqueza. Llegados a este punto es momento de poner los bártulos en la habita­ción de al lado y pasar el testigo. E, insistimos, hace falta mucha generosidad para dar ese paso. Este adecuar las perso­nas a las cosas ha sido comprendido en nuestro país por algunas formaciones nacionalistas y, de manera más cosmética, por el Partido Popular. Extraña paradoja. Lo más viejo -el nacionalismo, el conservadurismo- se refunda en lo nue­vo para seguir existiendo. Y mientras tanto, ¿qué está ha­ciendo la izquierda cuya razón de ser es la transformación?

A las razones del cambio generacional amparadas en la lógica de las cosas se pueden añadir referencias a la prepara­ción, al diferente lenguaje, a los hábitos y estilos de trabajo, a la utilización de las nuevas tecnologías, a la socialización en los medios audiovisuales, entre otro sinfín de cambios que configuran ese mundo diferente. Podrían incluirse tam­bién razones puramente electorales. En España, casi el 40 % del electorado tiene menos de treinta y nueve años. Cual­quier aproximación al perfil de nuestro electorado y al man­tenimiento de nuestro espacio electoral dan como resultado lo inevitable e indispensable de este cambio.

Este cambio debe ser además urgente y planificado y de­be producirse con una cierta contundencia para que pueda producir sus efectos previsibles. No servirán los adornos ni los maquillajes Su urgencia puede contarse en meses y debe aprovechar los momentos en que los símbolos adquieren la notoriedad suficiente para convertirse en una certeza social: la próximas elecciones y la próxima Asamblea de Izquierda Unida.

Un cambio con una clara orientación política

No servirá de nada repetir el mismo discurso de hoy donde el único cambio sea que el busto parlante muestre menos arrugas en el rostro. Para este viaje, no son menester ni las alforjas de esta reflexión ni, ocupado lector, el tiempo que estás dedicando a leerlo. Si la propuesta que aquí pre­sentamos tiene alguna opción de contestar afirmativamente a la pregunta propuesta al inicio, lo será por su vocación de integración política, por su compromiso con la articulación de la sociedad civil y de las redes sociales existentes, por su capacidad para crear los elementos que conformar el viejo sentido común gracias a su diferente capacidad de comuni­car el nuevo mensaje.

El nivel de estos desafíos requiere una práctica nueva y por construir. Y esto es un mensaje útil para todas las fami­lias políticas, incluidas las nuestras. Tantas reclamaciones producen un poco de miedo y un cierto vértigo. Pero es el vértigo del que salta hacia arriba, no el vértigo actual que su­frimos, propio de quien está en caída libre y sólo sabe recu­rrir a sus propios cabellos para vencer la fuerza que lo hun­de. Lo que hoy está encima de la mesa es, sin duda, un puzzle, al que hay que ir completándole con ánimo decidido las piezas. Si respondemos al reto habremos asegurado, cuando menos, las condiciones para que en un futuro próxi­mo pueda seguir hablándose de izquierda transformadora en Europa. De lo contrario, el puzzle será cada vez más un rom­pecabezas. Y necesitamos las cabezas enteras y sobre los hombros para encarar estos tiempos tormentosos

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